Todos los domingos el mundo se muere detrás de las cenizas de un sábado con sortilegios de aventuras fallidas.
En los domingos, las radios encendidas anuncian la catástrofe de la tarde que sucumbe en un bailable.
Si está cercana la primavera y florecen los durazneros, uno va muriendo un poco con cada pétalo que cae.
Algunos se van de pic-nic, otros al partido. Un grupo oculto en las palabras de una literatura de denuncia, se aburre hasta el éxtasis.
Quien tiene más de treinta años se siente solo como nunca.
Por la mañana me levanto alegre. A la tarde, sobre asfaltos color de ceniza noto cuan estùpido soy.
A mediodía hay ruido de loza, el recuerdo de las campanas de la catedral y un gran bostezo de almuerzo excesivo.
Ahora la televisiòn irrumpe en la mesa del domingo, pero hay más silencio.
Domingo, el Caballero de la Triste Figura.
El domingo tiene una magia: la del desencanto.
Si hay pájaros, ellos se oyen al caer la tarde con una desolaciòn de luz silente y una gran envidia por su destino que en definitiva se cumple.
Los hijos ayudan a soportar el domingo, esperan en la otra orilla.
Otros, que creen inaugurar los sábados, se entristecen después en los domingos porque mañana vendrà el lunes y después otro sábado y después otro domingo, hasta quién sabe cuándo.
Los que tienen un terreno comprado a plazo van a regar con un baldecito los tres paraísos sombrillas que plantaron en agosto.
Los adolescentes se ponen una camisa de luz y se adueñan de la ciudad con el coche de sus padres. Desde nuestras esquinas pensamos que éstas son, decididamente, otras épocas.
Si caminamos por las afueras, todo el polvo que levantan esos automòviles se nos echa encima, por bobos.
Al amigo que nos está acompañando le decimos “no conocen el placer de caminar…”, y nuestro amigo piensa que ya sería hora de terminar de aburrirnse a pie para pasar a aburrirse en coche.
Los más burgueses cargan a la familia en el automóvil; nosotros pensamos “si ayer no más andaba en bicicleta…”
Muchos nacemos en domingo. Pero muchos más muchos más morimos en domingo. Y esa muerte es a plazos: cada domingo nos restamos una cifra a nosotros mismos.
Un poema escrito en domingo no sirve: es una letanía.
La ciudad, después de la función de cine del sábado promete muchas cosas. Pero no sucede nada.
Se me ocurrió esta figura: “Una vez tenía un pájaro enjaulado. Un domingo de primavera le quise dar libertad. El permaneció acurrucado en la puerta abierta hasta la cero hora del lunes. En ese límite tomó lo que le pertenecìa.
¿Es el domingo una prisión?
Nadie puede ser libre en domingo. Todos están atados a la pavorosa realidad del lunes que está a menos de veinticuatro horas.
Por la noche se comen las pastas recalentadas o una pizza rápida; pero no importa, total la tristeza nos cierra el estòmago.
Una vez encontré a Horacio Rega Molina en esta estrofa:
Domingo, el almanaque te anuncia en rojo vivo,
pero tú necesitas un color con sordina.
Como un farol chinesco, será decorativo
pero la luz que arroja no viene de la China.
Los que van al baile en una noche de domingo, no son unos farristas; son unos héroes.
Algunos van a la misa del crepúsculo. Son los que se engañan a sí mismos: el domingo los ataca con más intensidad desde las sombras que los asaltan al salir.
Solo en domingo nos damos cuenta con mayor intensidad de que encanecemos y de que el traje está gastado.
No hay domingos que no tengan una monja que lleva niñas del orfelinato a pasear.
Y en el patio de una casa donde vive una maestra hasta hace poco colgaba un guardapolvo secando su almidòn. Ahora con el nylon ellas tienen màs tiempo para acunar su aburrimiento y sacar copias mimeográficas.
Entre las tres y las cuatro de la tarde, las muchachas solteras y sin novio se echan las cartas entre sí.
Otras guardan los ruleros para el sàbado que viene.
El resto de la gente parece feliz, pero no nos engañemos, antes o después llorarán un poco,
Ciertas veredas deberían llamarse SOLEDAD. En ellas corren, rascando el piso, una hoja seca y un paquete vacìo de cigarrillos, a la una de la tarde.
La vida pasa muy pronto, es como un soplo, pero cada siete dìas se detiene en domingo para apurar a los rezagados.
Si no existieran los domingos, los poetas estarían por inventarlos.
En ese día nos persigue más que nunca aquella mirada que dejamos escapar entre la muchedumbre para nunca volver a hallarla.
En los domingos, indefectiblemente en todos los domingos, me pregunto para que existo. Sólo me responde la radio del vecino que escucha los partidos.
Alguien dijo que los domingos fueron inventados por la A.F.A., pero yo no lo creo.
Al terminar la noche del domingo nos quitamos un gran peso: el domingo ya pasó y nos faltan todavía seis dìas para llegar al próximo.
En los sábados ocurren los encuentros; en los domingos se gestan las distancias.
Hay hombres que tienen un domingo muy dulce a pesar de todo: son aquéllos que estrenan el amor.
Y los que estrenan ropa en domingo hacen un acto de mimetismo: se visten de domingo para disimular su vestido de semana.
Los maestros que tienen que viajar en un domingo por la tarde en un ómnibus que los lleva por caminos de tierra y pueblos rurales van a la nada absoluta. Son unos argonautas y se los despide para siempre.
Un pueblo rural en el crepúsculo de un domingo es un ruido de bochas.
Siempre pienso que los acordeones se han hecho para sonar en domingo.
Después de todo es lindo filosofar acerca del domingo, uno cree que va inmujnizándose para el próximo.
El domingo visto desde una ventana que da a la calle tiene tres cosas: tristeza, tristeza, tristeza…
Empecé a escribir estas consideraciones en uno de los domingos màs dolorosos de mi vida, pero nadie se dio cuenta.
Cuando era niño esperaba los domingos para ir al matineé. Por eso, desde entonces, el lapso que va desde las 13 a las 16, siempre tiene para mì gusto a manì con chocolate.
En los domingos, un hombre solo, una mujer sola, otro hombre solo y otra mujer sola, reunidos, no hacen ninguna clase de compañía: hacen cuatro soledades. Por eso no sirve ir a los bailes en domingo.
Los domingos son como cartuchos de papel. De pronto se rasgan por un costado cualquiera y echan a rodar por el suelo lo que contienen nuestras vidas.
Los domingos son para ir calzados. No vaya a ser que tantas esquirlas de dolor se nos incrusten en los pies y por ahì suban hasta nuestro corazòn.
Los automovilistas son responsables de la viejecita que sacan a pasear los domingos en el asiento de atrás.
Los domingos siempre tienen un invierno a su disposiciòn asì como la tarde del sábado puede disponer siempre de un otoño.
Oh domingo, domingo de abandono
como me asesinan las campanas
¿ Qué quiero hallar yo antes del mediodía?
En Europa hay una mínima nación que se llama Albania
y yo estoy aquí con una lira rota y un barco que no parte.
Con todo, muchos no se explican porque alguien decide morirse en domingo.
Balbi publicó estos pensamientos hace casi cuarenta años. Los reedito pensando que no han perdido vigencia y que pueden llegar a interesar no solo a los que pertenecemos a la generaciòn de Lermo. Agradezco a Gabriela su mail.